01/10/2026

La vida en un puño

Esta es la historia de Ignacio Baconsky, quien demuestra que el boxeo es también una preparación para luchar en la vida. Hoy cría a sus hijos Lara y Pedro, con los valores que aprendió en el ring

Por Lucas Andrín

Ignacio Baconsky está sentado en medio de su padre y su abuelo en la cocina de la casa. El padre con su whiscola y su cigarro, el abuelo con la silla al revés con el pecho apoyado en el respaldar. Era un ritual juntarse a ver la pelea. Pero todavía sus ojos miraban desde la inocencia de un niño, de la pelea solo esperaba que uno le pegue una piña a otro y lo tumbe.

—Esperá, hijo, fijate cómo se mueve, cómo esquiva, cómo espera uno el ataque del otro.

De adolescente jugó al fútbol para el Fortín Fútbol Club, al básquet para el Club Don Bosco y al rugby para el Club Regatas, si bien allí entendió que los deportes de contacto físico le gustaban más que los otros, ninguno de los tres deportes terminó de encantar a ese adolescente, que entre el barrio, la escuela y cierta tendencia a la carroña, cada dos por tres iba a trabajar con un ojo negro al servicio de catering de la familia CATERING MONI.K, donde también se desarrolla como CEO o director ejecutivo del negocio familiar y es un referente reconocido en la ciudad y alrededores de la coctelería. Fue uno de los mozos quien le sugirió a su madre que lo mande a boxeo:

—Mónica, ¿por qué no lo mandás al gimnasio de Horacio Rubiola, así se calma este chico?



Al otro día por la tarde, se dirigió a calle Roca, sin saber que estaba por conocer uno de los templos de la historia del boxeo local. Cuando atravesó la puerta del gimnasio sintió un escalofrío que le sucumbió el cuerpo, entonces la vio, allí estaba la bolsa de boxeo, esperando por él para marcarle la vida.

—Algo pasó ese día. El ritual de vendarse las manos, el ruido de los golpes, el olor al gimnasio... fue amor a primera vista.

Asistió durante dos años al gimnasio de Rubiola, donde practicó un boxeo recreativo más que competitivo, donde aprendió lo que él llama el buen boxeo, a florearse, a mover las piernas y sobre todo que “el boxeo es el arte de pegar y no dejarse pegar”. Hasta que una tarde Beto Rubiola, uno de sus profesores lo invita a que se acerque hasta el gimnasio, pero por fuera del horario de clases. La cita era para guantear con otro de los hermanos, con Mauricio Rubiola que ya tenía varias peleas. Cuando terminan los cuatro rounds, Beto miró a su padre Horacio Rubiola (llegó a guantear con Monzón y es historia aparte), quien asintió con la cabeza y se arrimó a Nacho cuando abandonó la lona:

—Nene, vos estás para competir. ¿Por qué no vas al gimnasio de Daniel Balbuena y Julio Ramírez?

Con dieciséis años y dos de experiencia, agarró el bolso y la bicicleta y se dirigió a barrio San Martín, al gimnasio El Salvador (otra historia aparte). Al ingresar varias personas dejaron de boxear arriba y abajo del ring para mirarlo. Nadie devolvió el saludo y enseguida volvieron a sus actividades, lo primero que notó fue la lona del ring cubierta de sangre.

—Ese día volví a mi casa dudando de si quería seguir boxeando. Si bien me había defendido, me habían propinado una paliza tal que los dolores en el cuerpo me duraron varios días.

En el año 2005 hace su primera pelea, pero se destaca en haber encontrado su propio estilo de boxeo a partir de la enseñanza de los dos gimnasios. Hoy entrena y es profesor en el gimnasio Combativo Boxing Gym de Federico Cortagerena, quien lo definió como “un boxeador técnico, valiente y vistoso, da gusto verlo boxear”. En el año 2016 junto a Fernando “Pinchón” Montes representó al gimnasio en el certamen “Ligas de las estrellas” donde participan los mejores boxeadores del país, entre ellos Sergio “Maravilla” Martínez.

Tiene varias peleas como profesional, se caracteriza por pegar fuerte en relación a los kilos que pesa, es el boxeador experimentado que siempre está dispuesto a subirse a un ring, reconoce como fundamental el respeto al rival “porque es el que hace sacar lo mejor de mí”, y además de Martín “Látigo” Coggi, Marcos “el Chino” Maidana y Muhammad Alí, reconoce a sus padres como referentes, “nunca estuvieron ni cerca de pisar el ring, pero se han caído y resurgido como el ave fénix”, porque para Ignacio Baconsky el boxeo es como la vida:

—Luchador no es el que gana arriba en un ring, sino aquel que, a pesar de haber perdido, se levanta y lo vuelve a intentar.

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